experiencia deportiva
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Atlantic Rowing Race 2005-2006
Juan Carlos Sagastume Bendaña, el atleta guatemalteco ya con 36 años, se coronó como el primer latinoamericano que cruza el Océano Atlántico en un bote de remos, después de navegar durante 64 días, 13 horas y 16 minutos, cubriendo una distancia de 5,280 kilómetros desde La Gomera, Islas Canarias, hasta La isla de Antigua, en el Mar Caribe.
La ruta cubierta por Sagastume y su compañero de aventura, el atleta inglés Andrew Barnett, de 48 años, es uno de los históricos trayectos de los grandes navegantes. Sin embargo, no existen en el mundo más de 194 personas que hayan logrado realizar esa travesía sin velas ni motores y con el sólo impulso de su fuerza física, en una embarcación de no más de 7 metros de largo y 2,100 libras de peso. Esas son las reglas de la Atlantic Rowing Race, una competencia única en su género.
Concretando un sueño
El 30 de noviembre del 2005 se hicieron a la mar 20 embarcaciones. Entre ellos Juan Carlos y Andrew. Luego de más de 2 meses, el 2 de febrero del 2006, llegaron a la meta y concretando así, un gran sueño.
Según Sagastume, “ninguno de los dos había remado y no tenían ninguna experiencia en el mar. Pero eso no fue una limitación. Me inscribí en la competencia y a los 8 meses aprendí a remar. Lo que me movía era la magnitud del reto que significaba hacer algo que muy pocas personas en el mundo se han atrevido a hacer”.
“Ahora, dice, soy el primero y el único latinoamericano que ha logrado competir en esa ruta y concluirla exitosamente. Me considero un pionero y me produce gran orgullo demostrar que en Guatemala podemos hacer cosas extraordinarias. Posiblemente mi nombre se borre o se olvide, pero en la historia quedará escrito que fue un guatemalteco quien abrió la brecha en este tipo de competencias”.
A bordo del Mayabrit
A propósito de las difíciles condiciones vividas durante más de 2 meses en alta mar, Juan Carlos enfatiza en que la travesía estuvo presidida por un gran respeto entre él y su compañero de aventura. Los viajeros del Mayabrit (como bautizaron a la embarcación, en clara evocación de las culturas de sus países: la maya y la británica) trabajaron en equipo, se trazaron un objetivo en común, fueron pacientes, respetuosos y tenaces. Esa fue la llave que les abría el camino hacia su destino.
Ambos se conocieron en el Canadá, cuando corrieron la Yukon Artic Ultra, competencia de 510 kilómetros, donde se trota sin parar, con temperaturas de menos de 36 grados centígrados. “El llegó primero y yo ocupé el segundo lugar”, agrega Sagastume. “Allí decidimos emprender el reto de atravesar el Atlántico en un bote de remos. Tres meses después iniciamos el entrenamiento”.
“Atravesar el desierto o el océano tiene algo en común: la grandeza del reto”, dice Juan Carlos. “Pero el hombre es capaz y si se propone algo, lo logra. Yo le hablaba al mar y le decía que me dejara pasar. Le pedía que no me detuviera. Me fisuré 2 costillas, me desgarré varios músculos y mantenía las manos golpeadas. Desde 1954 el clima nunca había sido tan severo como este año. Vivíamos entre temperaturas extremas, como en el desierto. Hacíamos turnos de hora y media de trabajo y descanso, manteniendo el bote en movimiento 24 horas al día”.
“Estaba consciente de que el ser humano no es nada en medio del mar. Soy un grano de arena, pensaba; pero en ningún momento me pasó por la cabeza abandonar la competencia. Mientras remaba me decía: el dolor es temporal, abandonar es para siempre, igual que el triunfo”, agrega.
Juan Carlos se emociona cuando recuerda las noches en alta mar, bajo el brillo increíble de las estrellas. “Yo sentía cómo los remos entraban en el agua, vivía ese sonido y cómo, al salir, surgían de ellos arcos de color, reflejos y luces fluorescentes. Esos largos días pude apreciar el esplendor de la naturaleza. Era como tener la mente en blanco, disfrutar el paisaje, descubrir una estrella fugaz, oír la respiración de una ballena, el paso de los delfines e incluso vivir la angustia ante el acoso de un tiburón”.
Rememorando sus vivencias, Juan Carlos cuenta: “Tuvimos 3 tormentas grandes. Hubo un día en que estábamos a la cabeza de los competidores y una tormenta nos pasó del primero al duodécimo lugar. Luego tuvimos que redoblar esfuerzos porque habíamos pasado una semana sin poder remar, sin poder hacer nada, metidos en una cabina de 80 centímetros de alto. Era todo el mar contra nosotros”.
Protagonista y no sólo espectador
Con esta carrera, dice el atleta, he reconfirmado tres cosas. “La primera es que no soy un soñador, sino una persona que realiza sus sueños. Muchas personas tienen sueños, pero no los concretan. La segunda, es que he decidido ser un protagonista y no un observador de la vida. No me conformo con ver lo que hacen otros. Descubro algo, me gusta y lo hago. La tercera cosa es que sólo me gusta trazarme metas grandes, las más grandes que existan”.
“Competir contra los mejores, es una forma en la que puedo demostrar que los guatemaltecos podemos ser grandes. Es una manera de imponer respeto por mi país. Por eso disfruto dando lo mejor de mí mismo para que después digan que un guatemalteco también puede ser primero en el mundo. Hay que ir implantando ese ejemplo, para que si ahora somos 2 o 3, poco a poco hayan más guatemaltecos en las líneas mundiales del éxito, como fruto de un auténtico esfuerzo. Con esto quiero demostrar que “volamos más alto que el cóndor y el águila real” como dice nuestro Himno Nacional”.


